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24 agosto 2009 1 24 /08 /agosto /2009 00:00

Los demócratas concebimos la lucha política como un enfrentamiento de ideologías y programas, defendidos principalmente por partidos políticos y líderes sociales; por su intermedio pueden y deben ser dilucidados, por la vía electoral, los no siempre confesables intereses propios de la brega política. El lógico resultado de este enfrentamiento es la victoria de quienes obtienen la mayoría comicial, pero con el debido respeto a los derechos de las minorías. Así debe ser. El juego democrático obliga al reconocimiento de los contendores circunstancialmente minoritarios ya que, a pesar de serlo, representan a un sector de la población que cuenta con los mismos derechos políticos de la mayoría; además, esta correlación de fuerzas puede, eventualmente, invertirse y gracias a la alternabilidad gubernamental, son éstos quienes posteriormente garantizarán los derechos de quienes antes ostentaron el poder. Así funcionan las democracias institucionales, así funcionan las democracias políticamente sanas.

Una verdad tan evidente es, en la Venezuela de hoy, una utopía; y lo es porque la mayoría de quienes detentan actualmente los poderes públicos NO son demócratas, son más bien infiltrados de la democracia. La mayoría de quienes hoy ejercen funciones de gobierno desdeñaron de los mecanismos democráticos y se manifestaron abiertamente anarquistas, abstencionistas e inclusive golpistas; hasta que se les presentó la oportunidad de utilizar la vía electoral para concretar lo que no pudieron hacer por las armas: el desmantelamiento de la Democracia. De esta manera, después de haber protagonizado sendos golpes de Estado, el actual presidente de la República se pudo dar el lujo de optar a la Primera Magistratura gracias a la oportunidad que le brindó el sistema que ahora intenta destruir; pretendiendo disfrazar su acometida con una supuesta revolución pseudo-democrática cada vez más radical y corrosiva. No obstante, este disfraz democrático es cada vez más pequeño y en poco tiempo, si aún quedan dudas, se evidenciará el verdadero cariz de este régimen de infiltrados: el TOTALITARISMO AUTOCRÁTICO.

A diferencia de los regímenes totalitarios, la democracia es comunicación, no propa-ganda. La democracia es pluralismo, es diversidad de criterios, no monólogo oficialista. La democracia obliga a la sana discusión de ideas, no a la imposición de directrices que la condicionan: nadie votó por un proyecto político diferente a ella; llámese socialismo, comunismo o “mar de la felicidad”. Siendo coprotagonistas de nuestro destino como país debemos velar porque nuestra democracia sea unidad en la divergencia, no división por criminalización. Si pensar diferente al régimen es desestabilizador –como pretende imponerse desde los órganos oficiales– entonces no tenemos democracia. El disentir del gobierno es un derecho de cualquier ciudadano, aunque sea una opinión minoritaria, aunque sea una sola voz. No hay derecho a criminalizar la opinión opositora, mucho menos alegando intereses de Estado.

Mientras este vicio se acentúa y somos distraidos por el régimen con su permanente desafío antidemocrático a la sociedad, la persecución política se ha institucionalizado de tal forma que hoy hay más exiliados políticos venezolanos que con la dictadura de Pérez Jiménez. La radicalización e intolerancia han llegado a límites tales que hoy pareciera natural el no poder manifestar divergencia alguna con la posición oficial, so pena de padecer las consecuencias. Y lo hemos aceptado. Fuimos tomados por sorpresa porque inocentemente pensamos que en nuestro sistema político nunca podrían infiltrarse los enemigos de la democracia, pero hoy están ahí. Y seguirán ahí mientras se lo permitamos, mientras prefiramos defender nuestras “parcelas de intereses” antes que nuestras ideas. ¿Qué interés puede ser superior al bienestar de nuestra patria?, ¿al futuro de nuestros hijos?, ¿a la defensa de nuestros ideales?...

Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre”, Platón.

La realidad está allí, depende de nosotros resignarnos o hacer algo al respecto. Eso sí, recordemos que, a diferencia de los infiltrados, nosotros somos demócratas; por ello, los canales de lucha no pueden ser diferentes a los democráticos.

24 de agosto de 2009

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Published by Rafael Bervín Farías - en POLÍTICA
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