EstadoLa existencia de una nación conlleva implí-citamente a la formación de un Estado. Su proceso de creación como institución no es algo aleatorio, sino que responde a una necesidad de organización social. Si el hombre llega a la so-ciedad por necesidad de la naturaleza humana, la sociedad llega al Estado por imperativo de su modo de ser.

Aristóteles refleja esta necesidad al refe-rirse a la polis como sociedad política ¾Estado¾ en las primeras líneas de «La Política», agregando que su propósito es alcanzar el bien general, el mejor bien:

La polis es agrupación; las agrupaciones se organizan con miras al bien, porque el hombre obra siempre con el fin de lograr lo que cree bueno. Si toda agrupación tiende al bien, la polis o sociedad política, que es la superior entre ellas y las comprende a todas, tiende al bien en mayor grado que las demás, y al mejor bien.

Por ende, no es sólo por un imperativo intrínseco que la sociedad se organiza políticamente, incide en ello la búsqueda del bienestar general; es decir, el bien común a todos los hombres que conviven en dicha sociedad y que debe constituir el fin último del Estado. Pero, ¿en qué consiste ese bien común que se busca como fin del Estado?

Podemos afirmar que no es, ciertamente, el bien particular de cada uno de los individuos que conforman una comunidad política; es, más bien, el conjunto de condiciones sociales gracias a las cuales los hombres que componen dicha comunidad pueden alcanzar y hacer cumplir su destino natural. La filosofía clásica identifica como summun bonum al propósito único y supremo que persigue cada ser humano; el cual estaría constituido por el bonum instrumentaliter, representado por los medios naturales para la subsistencia; y el bonum essentialiter, que corresponde al aspecto espiritual, moral, intelectual y cultural.

Teniendo cada ser humano un propósito definido y sabiendo que la sociedad es «absolutamente» para el hombre, pero que el hombre es «relativamente» para la sociedad; el summun bonum individual no debe ser sacrificado so pretexto del bien común. No obstante, como es natural y sabido que no todos los hombres prestan iguales servicios a la sociedad ni contribuyen en la misma forma al bien común, la distribución de este bien tendrá que ser forzosamente desigual. En su consecución y justa distribución es donde, por acuerdo general y explícito de la sociedad humana que lo compone, debe intervenir el Estado; porque si éste se justifica como marco necesario para el sano desenvolvimiento de las personas en sociedad, su fin debe ser, precisamente, dar cabal cumplimiento a este propósito.

El referido fin del Estado requiere de criterios específicos y unificados, además de una muy alta concepción moral de la política; lo primero es esencial para lograr el objetivo planteado; lo segundo no siempre reúne a todas las voluntades. Aunque Aristóteles manifiesta que «el hombre obra siempre con el fin de lograr lo que cree bueno», y para Hobbes no hay moralidad fuera del Estado ya que «la moral surge del Estado y éste no tiene sentido fuera de ella»; Maquiavelo sentencia que la política, y por consiguiente el Estado, son algo ajeno a la moral, y más aún, algo contrario a ella; ya que «el fin justifica los medios», y estos medios no necesariamente responden a principios éticos sino pragmáticos. La visión maquiavélica del fin del Estado ha justificado la amoral imposición forzosa de doctrinas políticas y la instauración de regímenes autocráticos a través de la historia, y es un recurso recurrente en la búsqueda de la obtención del poder político.

Ahora bien ¿En qué consiste el poder político? El mismo es definido por Weber como el ejercicio legítimo o ilegítimo de la fuerza dentro de un sistema político; y distingue tres formas puras de poder desde el punto de vista de su legitimidad: el poder legal, de carácter racional ¾con respeto al orden establecido y considerado conforme a derecho¾; el poder tradicional, sustentado por la inviolabilidad de la tradición; y el poder carismático, basado en la creencia de santidad, en la fuerza heroica o en las dotes especiales del jefe o gobernante. En cualquiera de los casos, el ejercicio de este poder puede variar en su metodología y organización; siempre condicionado por la concepción ideológica que lo orienta. Hobbes, para quien la igualdad de los hombres es una condición sine qua non para la conformación del Estado, opina que se requiere de un «acuerdo social» con el cual se logra que el ejercicio del poder garantice el resguardo de los derechos y libertades individuales. Locke profundiza la teoría hobbesiana exponiendo que por medio de un contrato social los individuos ceden al Estado la defensa del derecho a la vida y el resguardo de la propiedad para asegurar la existencia de una sociedad sin conflictos.

El Estado, entonces, se justifica como marco necesario para el sano desenvolvimiento de las personas en sociedad; por lo que dar cabal cumplimiento a este propósito es su principal obligación. Sin embargo, al ser el gobierno una actividad de creación y ejecución humanas está supeditada a la falibilidad de los hombres; razón por la cual los ciudadanos tienen el derecho de retirar el poder conferido al Gobierno cuando éste no garantiza el cumplimiento de sus obligaciones, cuando no se enfoca en la consecución del “fin del Estado” sino más bien en la búsqueda de beneficios grupales o personales.

"El Gobierno en la Historia", El Estado.

Por Rafael Bervín Farías
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