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27 julio 2010 2 27 /07 /julio /2010 00:00

Napoleón"Todo idealismo frente a la necesidad es un engaño"

Friedrich Nietzsche (1844-1900). Filósofo alemán.

Cuando los cerdos Napoleón y Snowball capitalizaron la rebelión que por negligencia y desidia del señor Jones tuvo lugar en la granja “Manor”, ninguno de los animales dio demasiada importancia a las doctrinas que éstos pro-mulgaron y que abogaban por una nueva era en la ahora llamada “Granja Animal”. Supusieron sus emancipados habitantes que la expulsión de los bípedos significaría una mejora en sus condiciones de vida; materializada en una mejor alimentación y más adecuadas condiciones para el trabajo diario. El igualitarismo propugnado en el “animalismo” decretado no tenía para ellos mayor sig-nificación. Citemos ahora un ejemplo más “humano”: a comienzos de la década de los setenta, en plena “guerra fría” y cuando el Muro de Berlín simbolizaba la abismal división ideológica entre Oriente y Occidente, el sociólogo francés Raymond Aron (1905-1983) realizó un estudio en varios países de África Ecuatorial en el cual sondeó la visión que los depauperados habitantes de estos países subde-sarrollados tenían de la Unión Soviética, Inglaterra y Francia. El inesperado resultado arrojó que la mayoría de ellos no veía diferencia alguna entre estas potencias; las identificaban como países igualmente ricos cuyos gobiernos, a diferencia de los suyos, procuraban el bienestar de sus habitantes. Más allá de la evidente desinformación, el aspecto ideológico no tenía para el africano tropical ninguna importancia ante la realidad socio-económica que los agobiaba; tal como sucedía con los personajes de la magistral obra de George Orwell (1903-1950), publicada en 1945 y que refleja la transición de la Rusia zarista al comunismo soviético.

A finales del siglo pasado, los empobrecidos habitantes de la granja “Venezuela” presentaban una situación de minusvalía en el aspecto socio-económico que atribuían, no sin razón, a la desidia y corrupción de los señores Jones que la habían gobernado. Por ello no es de extrañar que los venezolanos de entonces hubiesen respaldado cualquier propuesta presentada por algún Napoleón, que contemplara la expulsión de éstos y un cambio radical en sus condiciones de vida; la ideología pasaba a un segundo plano. Napoleón los engañó. A pesar de la extraordinaria expectativa generada por el lenguaje reivindicador del neo-líder, la realidad de hoy es muchísimo más agobiante de lo que había sido once años atrás. Lejos de haber mejorado las condiciones de vida del venezolano promedio, la situación socio-económica de la casi totalidad de la población venezolana ha empeorado significativamente; y cuando decimos la “casi totalidad” excluimos a una minoría que ha medrado del poder, posesionándose en los lugares de privilegio que antes tuvieron los señores Jones.

Pero hay un agravante: si antes contábamos con mecanismos para la corrección de nuestros errores a la hora de elegir el rumbo que llevábamos como país, hoy éstos han sido cercenados hasta casi eliminarlos; y la herramienta utilizada para erradicar nuestros derechos ciudadanos ha sido el factor ideológico cuya importancia antes desdeñábamos. Hoy, la IDEOLOGÍA no sólo involucra el ámbito político de nuestra sociedad; hoy la tenemos en nuestra economía, en nuestra educación… en nuestra vida diaria. Al punto de que todo se decide ideológicamente en lugar de anteponer los intereses de la sociedad venezolana; es decir, el bienestar común de TODOS los hombres que convivimos en este hermoso país, lo cual debería constituir el fin último del Estado. Pero después de once años de manipulación y engaño la sociedad venezolana percibe la realidad política de otra manera; ya hemos madurado como para saber que así como antes menospreciábamos el entorno ideológico de nuestra sociedad, hoy no podemos ignorarlo. Hoy sabemos que si elegimos un rumbo político de pensamiento radical, éste puede llevarnos a destinos desconocidos que afectarán nuestra realidad económica, social e, inclusive, familiar… a nuestros hijos. Como dijera el esclarecido filósofo indio Rabindranath Tagore (1861-1941) “No es tarea fácil educar jóvenes; adiestrarlos, en cambio, es muy sencillo”. Sabemos que los radicalismos de cualquier índole pueden desembocar en brutales enfrentamientos que implican un riesgo de potenciales guerras, internas o con otros países. E igualmente sabemos que ante el riesgo de perder mucho, tenemos la alternativa de ganar muy poco.

Por ello es importante definir no sólo qué hacer para superar la inmensa crisis en la que nos han sumergido estos “animales”; que ha profundizado todos y cada uno de los problemas de “la granja”, sin mejorar un solo aspecto de nuestra vida cotidiana (salvedad hecha de las dádivas que se otorgan a sus incondicionales, que aunque representan una mejora temporal de sus más básicas necesidades, implican un daño moral y una corrupción de los valores que puede afectar a futuras generaciones). Debemos también definir en qué marco ideológico hacerlo. La fundamentación democrática es esencial, pero sin adjetivos, sin callejones oscuros en los que se esconden el fraude, la usurpación y el totalitarismo; no hay una sola dictadura moderna, de izquierda o de derecha, que no se autoproclame democrática. Si buscamos mejoras sociales debemos concientizar que la democracia social es, sencillamente, DEMOCRACIA; si ésta no da preponderancia al aspecto social, entonces NO lo es. En todo sistema democrático el Estado debe interceder en la redistribución de las riquezas, subsidiando proporcionalmente a los más necesitados con programas coherentes que sean financiados con el tributo de los más prósperos; los que a su vez disfrutan de reglas claras que propician el flujo de inversiones. El socialismo, en cambio, implica una visión politizada de la sociedad que contempla una supuesta distribución de riquezas de manera equitativa, pero que no prioriza la producción; es decir, la generación de estas riquezas. Y no puede hacerlo, ya que esto último requiere de un entorno de justicia y libertad que en este tipo de regímenes, como está demostrado, quedan condicionadas a los “intereses” del Estado; es decir, y para efectos revolucionarios, del gobierno. Cuando se ejecutan proyectos políticos radicales el alcance de los tentáculos gubernamentales abarcan todos los ámbitos de la sociedad.

Eso sí, una vez definida y contextualizada nuestra ideología política (que en nuestra Constitución está taxativamente enmarcada), no podemos permitir que ésta nos arrolle. Debemos saber que como ideología política debe ser lo suficientemente flexible y permeable para adaptarse a nuestra realidad cotidiana; y debe ser lo suficientemente rígida como para no ceder en sus principios básicos. La política, podemos concluir, es ciencia humana, y como tal debe respetar los límites impuestos por las sociedades modernas: debe estar al servicio de los ciudadanos y no pretender que, como sucede en nuestra “granja”, la ciudadanía esté al servicio de ella. Es nuestro deber poner las cosas en orden. Por cierto, cuenta Orwell que los granjeros vecinos de Jones no ofrecieron mucha ayuda, ni durante la rebelión ni después de que Napoleón instituyera su dictadura, pues cada uno pensaba secretamente si podría transformar en beneficio propio la desgracia que padecían los habitantes de la “Granja Animal”.

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Published by Rafael Bervín Farías - en POLÍTICA
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