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19 septiembre 2012 3 19 /09 /septiembre /2012 02:39

 

voto"Los pueblos tienen el gobierno que se merecen"

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). Escritor y político español.

"Cada nación tiene el gobierno que se merece"

Joseph de Maistre (1753-1821). Filósofo francés.

 

Como consecuencia de la exacerbación de las pasiones sociales en nuestro país, producto del lenguaje de división y enfrentamiento generado desde el actual gobierno, la mayoría de los venezolanos nos hemos visto involucrados en la diatriba política. Hoy la discusión de los temas relacionados con reivindicaciones sociales, con la forma de gobierno más conveniente para los venezolanos y con el acontecer político nacional e internacional es el centro de atención a todo nivel en nuestra sociedad. Este manifiesto interés por la cotidianidad republicana es, en primera instancia, positivo; pero debe ser reorientado.

Debemos incentivar la participación política activa, sí; pero desde un punto de vista ciudadano, no como actores políticos. Si alguien desea dedicarse a esta actividad que lo haga desde los escenarios más idóneos y haga carrera política; que se prepare adecuadamente, inicie su cursus honorum desde las bases y escale hasta donde su capacidad y posibilidad le permitan: concejal, alcalde, diputado regional o nacional, gobernador de estado… presidente de la república. La política es muy compleja y debe ser acometida por quienes la asuman con seriedad. Aunque es la segunda profesión más antigua del mundo –y a pesar de que se parece mucho a la primera– se mantiene en permanente dinámica evolutiva por lo que debe ser asumida por quienes tengan la vocación y disposición a hacer de ella su profesión.

El resto de nosotros, quienes no vivimos “de” ni “para” la política, debemos asumir nuestra ciudadanía concienzudamente en procura del bienestar común, lo que consecuentemente se traduce en bienestar personal. Más allá de una responsable y continua intervención en la selección de los distintos representantes de los poderes públicos –acción personalísima que se materializa a través del voto– existen varios mecanismos de participación que permiten enriquecer la experiencia democrática. La fórmula de la «ciudadanía activa» es, por así decirlo, un ciclo de participación continua representada en la selección, supervisión y evaluación de los entes de administración pública; en un entorno responsable de iniciativa, opinión, organización y control.

Pero no pretendamos convertirnos en expertos en materia política; no lo somos ni necesitamos serlo. Como dijimos anteriormente, la política es muy compleja y debe ser acometida por quienes están capacitados para ello; aunque con mucha frecuencia sucede exactamente lo contrario. La Venezuela actual es ejemplo de ello. Así como es ejemplo de funcionarios públicos –muchos– no preparados para el ejercicio de cargos de responsabilidad, enquistados en las alturas del poder; es ejemplo también de “expertos en política” –demasiados– opinando acerca de temas para los cuales no están capacitados. Hoy todos pretendemos ser “politólogos” infalibles, dueños de una verdad incontestable producto de nuestra experiencia. No. No pretendamos dominar lo que está más allá de nuestro alcance. Abordemos el tema político desde una perspectiva ciudadana, concientizándonos y concientizando a nuestro entorno, primeramente, en la necesidad de realizar una correcta escogencia de las autoridades que influirán decisivamente en nuestro futuro; luego evaluaremos su gestión y actuaremos en consecuencia.

Hoy, en lugar de distraernos en etéreas discusiones sobre imperios, oligarquías, socialismos o revoluciones; sin pretender tomar trascendentales decisiones que influyan en el destino del universo, debemos concentrarnos en los pragmáticos fundamentos de nuestra vida cotidiana. Seguridad, salud, empleo, educación, costo de la vida. Bienestar y Progreso; y, por supuesto, Libertad y Justicia. Esos deberían ser los tópicos que nos orienten en la selección de la mejor opción para la primera magistratura por los próximos seis años. Podemos intentar salvar el mundo, pero después de que alcancemos una calidad de vida adecuada para nuestra sociedad, luego de que logremos consolidar el sistema de gobierno que realmente nos merecemos como país.

Ahora bien, ¿qué gobierno nos merecemos los venezolanos? Aunque estimamos que, definitivamente, no es el que hoy padecemos como sociedad; aunque esperamos que no se perpetúe un gobierno que hace catorce años y en mala hora escogimos como mesiánica opción salvadora. A pesar de estar convencidos de que los venezolanos tendríamos que apostarle al bienestar de nuestro país. Aunque creemos que va a terminar imponiéndose la sensatez por encima de la inefable estupidez política de los politiqueros; no hay garantía alguna. En poco tiempo sabremos si en este agitado entorno dominado por “expertos en política” continuaremos desbocados hacia la profundización del caos y la destrucción que ya nos agobia o retomaremos el largamente perdido rumbo del progreso, actuando como ciudadanos. La lapidaria sentencia de Jovellanos y Maistre, una vez más, se hará realidad.

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4 febrero 2012 6 04 /02 /febrero /2012 02:39

goebbels"Si una men­tira se repite sufi­cien­te­mente, acaba por convertirse en verdad"

Joseph Goebbels (1897-1945). Ministro de Propaganda de la Alemania Nazi.

El día 24 de enero de 1848 es un día de luto para las leyes venezolanas. Bajo la Presidencia de José Tadeo Monagas ocurre el ataque armado al Congreso Nacional.

En enero de 1948 la mayoría de los diputados al Congreso pretendían enjuiciar al Presidente de la República; lo acusaban de haber “ejercido facultades extraordinarias ilegalmente; de emplear la fuerza armada sin consentimiento del Consejo de Gobierno y de haber ejercido la administración fuera de la capital”, todo lo cual era contrario a lo dispuesto por la Constitución. En la tarde del día 24 el doctor Tomás José Sanabria, secretario de Interior y de Justicia, llega a la Cámara Baja para entregar el mensaje anual presidencial, luego de lo cual es obligado a permanecer allí para informar acerca del grave estado de agitación reinante en la ciudad; este suceso fue interpretado por el Ejecutivo como el arresto de Sanabria por parte de los congresistas. Aunque es difícil establecer como comenzaron las agresiones, los disparos de fusiles y revólveres obligaron a la disolución de la sesión de la Cámara Baja, cuyos miembros intentaron escapar por balcones y tejados, siendo ultimados algunos de ellos. En total hubo ocho víctimas fatales, cuatro de ellas diputados: Juan García, Francisco Argote y José Antonio Salas, quienes quedaron en el sitio y Santos Michelena, quien muere mes y medio más tarde a consecuencia de una herida de puñal recibida ese día. El día siguiente representantes del Ejecutivo, con Monagas a la cabeza, acuden a diferentes legaciones para conminar a los diputados allí refugiados a reanudar las sesiones del Congreso; tras lograrse el quórum el Congreso declara establecido el orden constitucional y otorga poderes especiales al Ejecutivo en materia de orden público. A partir de entonces los poderes Legislativo y Judicial pierden su independencia y se someten a la voluntad del Presidente de la República; sirviendo de instrumento complaciente al personalismo entronizado en el poder.

Al año siguiente, por Ley del 14 de marzo de 1849 Monagas declara el 24 de enero de cada año junto con el 5 de julio, «grandes días de la independencia y de la libertad de los venezolanos», ya que «en 24 de enero de 1848, agotado el sufrimiento bajo una nueva y odiosa tiranía que rebosaba en abusos y pretensiones retrogradantes y destructoras, supo el pueblo espontánea y valientemente recobrar su dignidad sosteniendo los fueros de su libertad». Nueve años más tarde, por decreto del 19 de junio de 1858, Julián Castro lo suprimió «entre los grandes días».

El 2 de diciembre de 1952 se consumó un Golpe de Estado. Marcos Pérez Jiménez desconoció el triunfo electoral de la oposición.

Luego del derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos (24 noviembre 1948) se instaura una Junta Militar de Gobierno integrada por el coronel Carlos Delgado Chalbaud, el teniente-coronel Luis Felipe Llovera Páez y el mayor Marcos Pérez Jiménez. Dos años más tarde (13 de noviembre) es asesinado su presidente, Delgado Chalbaud, y sustituido por el Dr. Germán Suárez Flamerich, un títere de Pérez Jiménez. El 30 de noviembre de 1952 la Junta convoca a elecciones para designar una Asamblea Nacional Constituyente que debía sancionar una nueva Constitución y dar fin al gobierno transitorio. El oficialista Frente Electoral Independiente se enfrenta a COPEI, dirigido por Rafael Caldera, y a Unión Republicana Democrática, dirigida por Jóvito Villalba y Mario Briceño Iragorry; URD fue apoyado por los clandestinos Acción Democrática y el Partido Comunista. Cuando a finales del mismo día los primeros resultados mostraron que URD se perfilaba como ganador, el Consejo Supremo Electoral suspendió los escrutinios y dos días después, 2 de diciembre, Marcos Pérez Jiménez proclama su victoria electoral asumiendo de facto la Presidencia Provisional de Venezuela. A partir de entonces consolida su régimen por medio de la Seguridad Nacional que se encargó de controlar y silenciar a los dirigentes de la oposición, sometiéndolos a cárcel y a las más despiadadas torturas.

Las obras construidas por el dictador son frecuentemente esculpidas o, incluso, diseñadas con su monograma; y el 2 de diciembre de cada año es celebrado como día festivo. En 1957, Pérez Jiménez mediante un plebiscito se hizo reelegir fraudulenta-mente como Presidente para el período 1958-1963; un mes más tarde (23 de enero de 1958) huye a Santo Domingo en "La Vaca Sagrada". La Urbanización “2 de Diciembre”, construida y bautizada por el dictador, es renombrada “23 de Enero”.

El 4 de febrero de 1992 Venezuela es testigo de un sangriento Golpe de Estado protagonizado por un grupo de militares de graduación media que, faltando a su juramento y violando la Constitución Nacional, utilizaron las armas con las que debían defender la República para obtener el poder. Su líder: el teniente-coronel Hugo Chávez Frías.

Después de este fallido intento, en el cual según cifras conservadoras murieron al menos trescientos venezolanos, sus ineptos líderes son encarcelados, a pesar de lo cual, y con la complicidad de varios oficiales generales, intentan un segundo Golpe en poco menos de diez meses; igualmente sangriento, igualmente torpe e igualmente fallido. Después de dos años de reclusión en condiciones privilegiadas, su causa es sobreseída por el recién electo presidente, Rafael Caldera, manteniendo intactos sus derechos políticos (?). Ya en plena libertad, luego de denigrar del sistema electoral y llamar a la abstención en elecciones regionales y legislativas, en 1998 Hugo Chávez opta a la Presidencia de la República y gana las elecciones del 6 de diciembre sin contar con ninguna maquinaria partidista; a pesar de ello las instituciones independientes garantizan su triunfo y el 2 de febrero de 1999 toma posesión. Inicia, entonces, una acción de gobierno corrupta y sectaria que ha secuestrado todos los poderes públicos, ha conculcado las libertades políticas de los venezolanos, y hundido al país en su peor crisis política desde 1958.

Luego de trece años de nefasto gobierno y en campaña abierta para una nueva reelección que lo mantendría indefinidamente en el poder, impone a las Fuerzas Armadas Venezolanas la obligación de celebrar el día 4 de Febrero como “día de la dignidad nacional”, “semilla de la patria nueva” e, incluso, "gesta independentista". Para ello organiza un ostentoso desfile militar en el que reitera que “la fuerza armada es chavista”.

Venezuela siempre ha sabido retomar los cauces de la libertad y la dignidad, esta vez no será la excepción…

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”, Albert Camus (1913-1960). Filósofo francés.

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27 julio 2010 2 27 /07 /julio /2010 00:00

Napoleón"Todo idealismo frente a la necesidad es un engaño"

Friedrich Nietzsche (1844-1900). Filósofo alemán.

Cuando los cerdos Napoleón y Snowball capitalizaron la rebelión que por negligencia y desidia del señor Jones tuvo lugar en la granja “Manor”, ninguno de los animales dio demasiada importancia a las doctrinas que éstos pro-mulgaron y que abogaban por una nueva era en la ahora llamada “Granja Animal”. Supusieron sus emancipados habitantes que la expulsión de los bípedos significaría una mejora en sus condiciones de vida; materializada en una mejor alimentación y más adecuadas condiciones para el trabajo diario. El igualitarismo propugnado en el “animalismo” decretado no tenía para ellos mayor sig-nificación. Citemos ahora un ejemplo más “humano”: a comienzos de la década de los setenta, en plena “guerra fría” y cuando el Muro de Berlín simbolizaba la abismal división ideológica entre Oriente y Occidente, el sociólogo francés Raymond Aron (1905-1983) realizó un estudio en varios países de África Ecuatorial en el cual sondeó la visión que los depauperados habitantes de estos países subde-sarrollados tenían de la Unión Soviética, Inglaterra y Francia. El inesperado resultado arrojó que la mayoría de ellos no veía diferencia alguna entre estas potencias; las identificaban como países igualmente ricos cuyos gobiernos, a diferencia de los suyos, procuraban el bienestar de sus habitantes. Más allá de la evidente desinformación, el aspecto ideológico no tenía para el africano tropical ninguna importancia ante la realidad socio-económica que los agobiaba; tal como sucedía con los personajes de la magistral obra de George Orwell (1903-1950), publicada en 1945 y que refleja la transición de la Rusia zarista al comunismo soviético.

A finales del siglo pasado, los empobrecidos habitantes de la granja “Venezuela” presentaban una situación de minusvalía en el aspecto socio-económico que atribuían, no sin razón, a la desidia y corrupción de los señores Jones que la habían gobernado. Por ello no es de extrañar que los venezolanos de entonces hubiesen respaldado cualquier propuesta presentada por algún Napoleón, que contemplara la expulsión de éstos y un cambio radical en sus condiciones de vida; la ideología pasaba a un segundo plano. Napoleón los engañó. A pesar de la extraordinaria expectativa generada por el lenguaje reivindicador del neo-líder, la realidad de hoy es muchísimo más agobiante de lo que había sido once años atrás. Lejos de haber mejorado las condiciones de vida del venezolano promedio, la situación socio-económica de la casi totalidad de la población venezolana ha empeorado significativamente; y cuando decimos la “casi totalidad” excluimos a una minoría que ha medrado del poder, posesionándose en los lugares de privilegio que antes tuvieron los señores Jones.

Pero hay un agravante: si antes contábamos con mecanismos para la corrección de nuestros errores a la hora de elegir el rumbo que llevábamos como país, hoy éstos han sido cercenados hasta casi eliminarlos; y la herramienta utilizada para erradicar nuestros derechos ciudadanos ha sido el factor ideológico cuya importancia antes desdeñábamos. Hoy, la IDEOLOGÍA no sólo involucra el ámbito político de nuestra sociedad; hoy la tenemos en nuestra economía, en nuestra educación… en nuestra vida diaria. Al punto de que todo se decide ideológicamente en lugar de anteponer los intereses de la sociedad venezolana; es decir, el bienestar común de TODOS los hombres que convivimos en este hermoso país, lo cual debería constituir el fin último del Estado. Pero después de once años de manipulación y engaño la sociedad venezolana percibe la realidad política de otra manera; ya hemos madurado como para saber que así como antes menospreciábamos el entorno ideológico de nuestra sociedad, hoy no podemos ignorarlo. Hoy sabemos que si elegimos un rumbo político de pensamiento radical, éste puede llevarnos a destinos desconocidos que afectarán nuestra realidad económica, social e, inclusive, familiar… a nuestros hijos. Como dijera el esclarecido filósofo indio Rabindranath Tagore (1861-1941) “No es tarea fácil educar jóvenes; adiestrarlos, en cambio, es muy sencillo”. Sabemos que los radicalismos de cualquier índole pueden desembocar en brutales enfrentamientos que implican un riesgo de potenciales guerras, internas o con otros países. E igualmente sabemos que ante el riesgo de perder mucho, tenemos la alternativa de ganar muy poco.

Por ello es importante definir no sólo qué hacer para superar la inmensa crisis en la que nos han sumergido estos “animales”; que ha profundizado todos y cada uno de los problemas de “la granja”, sin mejorar un solo aspecto de nuestra vida cotidiana (salvedad hecha de las dádivas que se otorgan a sus incondicionales, que aunque representan una mejora temporal de sus más básicas necesidades, implican un daño moral y una corrupción de los valores que puede afectar a futuras generaciones). Debemos también definir en qué marco ideológico hacerlo. La fundamentación democrática es esencial, pero sin adjetivos, sin callejones oscuros en los que se esconden el fraude, la usurpación y el totalitarismo; no hay una sola dictadura moderna, de izquierda o de derecha, que no se autoproclame democrática. Si buscamos mejoras sociales debemos concientizar que la democracia social es, sencillamente, DEMOCRACIA; si ésta no da preponderancia al aspecto social, entonces NO lo es. En todo sistema democrático el Estado debe interceder en la redistribución de las riquezas, subsidiando proporcionalmente a los más necesitados con programas coherentes que sean financiados con el tributo de los más prósperos; los que a su vez disfrutan de reglas claras que propician el flujo de inversiones. El socialismo, en cambio, implica una visión politizada de la sociedad que contempla una supuesta distribución de riquezas de manera equitativa, pero que no prioriza la producción; es decir, la generación de estas riquezas. Y no puede hacerlo, ya que esto último requiere de un entorno de justicia y libertad que en este tipo de regímenes, como está demostrado, quedan condicionadas a los “intereses” del Estado; es decir, y para efectos revolucionarios, del gobierno. Cuando se ejecutan proyectos políticos radicales el alcance de los tentáculos gubernamentales abarcan todos los ámbitos de la sociedad.

Eso sí, una vez definida y contextualizada nuestra ideología política (que en nuestra Constitución está taxativamente enmarcada), no podemos permitir que ésta nos arrolle. Debemos saber que como ideología política debe ser lo suficientemente flexible y permeable para adaptarse a nuestra realidad cotidiana; y debe ser lo suficientemente rígida como para no ceder en sus principios básicos. La política, podemos concluir, es ciencia humana, y como tal debe respetar los límites impuestos por las sociedades modernas: debe estar al servicio de los ciudadanos y no pretender que, como sucede en nuestra “granja”, la ciudadanía esté al servicio de ella. Es nuestro deber poner las cosas en orden. Por cierto, cuenta Orwell que los granjeros vecinos de Jones no ofrecieron mucha ayuda, ni durante la rebelión ni después de que Napoleón instituyera su dictadura, pues cada uno pensaba secretamente si podría transformar en beneficio propio la desgracia que padecían los habitantes de la “Granja Animal”.

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24 febrero 2010 3 24 /02 /febrero /2010 00:00

Mapa bandera.pngLa dictadura es una forma de gobierno en la cual el poder se concentra en torno a la figura de un solo individuo, que es llamado líder y que por lo general no reconoce ser un dictador. Este gobierno se caracteriza por la ausencia de división de poderes, una evidente propensión a ejercer arbitrariamente el mando en beneficio de la minoría que lo apoya, la imposibilidad de disensión por parte de los gober-nados y el bloqueo de los mecanismos institucionales por medio de los cuales la oposición podría acceder al poder. Su aparataje de sustentación política se basa en la represión, abierta y solapada; esgrimiendo por lo general razones de Estado y catalogando a sus opositores de traidores a la patria; propiciando, además, la disolución de los partidos políticos opositores y creando un partido único en torno al líder. Igualmente, procura establecer una hegemonía comunicacional, cerrando o sometiendo a los medios convencionales de comunicación para así poder divulgar sin obstáculos su ideario político, que busca adoctrinar al pueblo en la “necesidad” de que el líder máximo permanezca en el poder para lograr salvar a la patria de sus enemigos, internos y externos. El líder, según esta visión mesiánica, es “el pueblo”; cualquier oposición a él es traición a la patria.

En Venezuela existe actualmente una dictadura que se ha venido instaurando gradualmente; si Chávez no la había logrado implementar antes había sido por falta de control sobre las instituciones del país, pero éstas ya fueron totalmente sometidas por el caudillo de Miraflores. Por supuesto, de haber sido exitoso en cualquiera de los dos golpes de Estado que protagonizó en 1992 no habría tardado tanto. Pero ya está implementada. El control que ejerce sobre los otros cuatro poderes (minúscula intencional) es complementado con un mazacote ideológico justificado en una retahíla de slogans y “frases hechas” que sirven para todo: desde el enjuiciamiento, expatriación y encarcelamiento de opositores acusados de conspiración; hasta la reversión de la descentralización en nombre de la “soberanía”. En el ínterin y de manera descarada, esta “soberanía” está siendo defendida por un ejército de extranjeros –cubanos la mayoría– que controlan los centros neurálgicos del poder político, civil y militar. Esta es la vía de perpetuación de Chávez en el poder; sacrificando el régimen constitucional por medio de mecanismos pseudo-constitucionales que hacen honor a la frase pronunciada por un megalómano y criminal líder de la depauperada Alemania de 1931: “la democracia debe destruirse con las armas de la democracia”.

Esta contundente realidad, no obstante, es pragmáticamente ignorada por la comu-nidad internacional. Vemos como un Club de Presidentes se reúne con el propósito de crear mecanismos de “defensa” de las democracias latinoamericanas, y reciben con honores a Chávez, Castro, Ortega, Morales y Correa; quienes han atentado reiterada-mente contra ellas. Vemos, en contrapartida, como condenan y aíslan a la sociedad hondureña, que logró evitar la imposición de un régimen autocrático vendido a los intereses de la logia izquierdista encabezada por Castro y Chávez. Vemos la indiferencia de estos mandatarios y de muchos líderes de otros continentes ante las constantes y documentadas denuncias de violación de derechos humanos en Venezuela; a las cuales responden con el manido argumento de la no injerencia y de la potestad de Chávez a administrar una “democracia participativa” convalidada con el apoyo popular. Lo mismo aplica para Cuba, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Habría que preguntarle a estos “estadistas” ¿dónde queda el respeto a las “minorías”?, ¿para qué carajo sirven los mecanismos constitucionales si pueden ser ignorados por cualquier autócrata de turno? Esas preguntas deberían ser respondidas, principalmente, por los montoneros y cuartelarios que acceden al poder por cualquier vía, incluido el voto popular. Pero para ellos no es necesario, la legitimación internacional es una coartada que les permite adueñarse de su país y validar su accionar con una ¡aprobación referendaria!

Esa es nuestra cruda realidad; pero a pesar de todo ello, los venezolanos no nos resignamos. Con valientes posiciones de un grupo de ciudadanos de todos los segmentos de la sociedad hemos logrado abrir vías institucionales de resistencia al régimen autocrático. Aunque estas vías son pocas y los obstáculos son cada vez mayores, el valor y determinación de esta masa opositora, aunada a la ineficiencia y corrupción de los entes de gobierno, comienza a evidenciar las fracasadas políticas oficiales que nos han retrotraído a condiciones de vida que ya habíamos superado hacía décadas. Gradual-mente, el verdadero PUEBLO, desengañado por las múltiples promesas incumplidas, comienza a evidenciar el disgusto con un régimen de tendencia extremista que nos pretende IMPONER un sistema de gobierno intolerante y arcaico; ajeno a la idio-sincrasia del venezolano y que muy pocos respaldan.

La tendencia opositora, debido a ello, ha ido y seguirá creciendo; impulsada, además, por la concientización del ciudadano común y por el evidente deterioro de la moral oficialista. Pero precisamente esa amoralidad llevará al régimen a ir cerrando los pocos caminos democráticos de lucha que aún tenemos, utilizando todos los mecanismos represivos y demagógicos a su alcance. Consecuentemente, hoy más que nunca debemos ser muy cuidadosos en nuestras decisiones. La unidad de criterios en el objetivo supremo debe ser prioritaria; y este objetivo no es otro que la recuperación de la democracia. Debemos dejar de lado mezquindades y personalismos, ya habrá tiempo de contender limpiamente entre nosotros cuando disfrutemos de todas las garantías constitucionales. Hoy la UNIDAD debe ser nuestra divisa. Debemos execrar cualquier opción mesiánica que se nos presente por llamativa que ésta sea; especialmente si no coincide con nosotros en el objetivo fundamental. Ya hemos sido testigos de la tardía disidencia de factores del oficialismo que cómplicemente convalidaron los desmanes del régimen por largos años y hoy se nos presentan cual límpidos opositores.

¡Pues no!... Aunque aceptamos la incorporación de todos los sectores de la sociedad, ésta tiene que ser sincera, sin medias tintas ni condicionamientos. Muchos venezolanos se encuentran hoy encarcelados, exiliados, perseguidos, despojados de sus bienes o “inhabilitados” políticamente por indiscutida culpa de los gendarmes de este régimen, bien por su nefasta acción o por su cobarde omisión. Debemos convencernos de que mientras Chávez sea presidente no tendremos democracia y de que el fin último de nuestro accionar debe ser derrotarlo en las elecciones de diciembre de 2012. Para ello, para poder tener opción de triunfo tenemos que contar, a partir de enero de 2011, con un cuerpo legislativo que sirva de contención a las tropelías que intentará Chávez para convertirse en emperador.

Para lograr nuestro propósito, además de conformar una sólida unidad en torno a nuestros ideales, debemos estar convencidos de tres preceptos fundamentales: 1. NO tenemos democracia, 2. debemos recuperarla y 3. debemos hacerlo por vías democrá-ticas; es decir, organización ciudadana, protesta cívica –cuando ésta sea necesaria– y VOTO consciente.

24 febrero 2010.

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22 octubre 2009 4 22 /10 /octubre /2009 00:00

La Venezuela actual es un hervidero político que induce a las más disímiles posiciones en las filas de la oposición. A pesar de que parece haber consenso en la necesidad de presentar una plataforma unitaria en las próximas elecciones municipales y legislativas, y en conocimiento del declive gradual de la des-gastada imagen del caudillo que arrastra a todo su entorno y genera reales oportunidades de triunfo, las apetencias grupales y perso-nales se potencian.
Toda aspiración política es legítima en una democracia sana y funcional, pero deben ser sacrificadas cuando el institucionalismo republicano está minado y corroído por un avasallante personalismo rayano en tiranía. Esa es nuestra realidad y difícilmente podremos revertirla si no cambiamos nuestra actitud, anteponiendo el interés nacional sobre cualquier pretensión personal. La unidad es nuestra única alternativa.

No hay dudas de que el oficialismo tendrá una sola línea de acción y candidatos unitarios para cada cargo electivo: los señalados por la "infalible" e indiscutida voz del mega-líder. No obstante, los sondeos indican que con una estrategia adecuada la oposición tiene real oportunidad, por primera vez desde 1998, de tutearse con el oficialismo en las elecciones de 2010... ¡con una estrategia adecuada!

ESCENARIO: Las encuestadoras serias distribuyen actualmente la torta electoral venezolana en tres porciones.  Poco más o menos de un 30% de la población apoya incondicionalmente, por conveniencia o convicción, al régimen encabezado por Chávez; alrededor de un 20% lo adversa irremisiblemente. La mitad restante está compuesta por indiferentes manifiestos (o solapados), por disidentes dubitativos y por desilu-sionados ex-adeptos al proceso que no se identifican con la oposición. Todos ellos conforman el grupo de los denominados "ni-ni".

SELECCIÓN DE CANDIDATOS: En los comicios previstos para el próximo año se elegirán cerca de 180 diputados a la Asamblea Nacional y alrededor de 5000 curules municipales, incluyendo los concejos comunales. Ahora bien, ante la perentoria necesidad de presentar candidatos unitarios a estos cargos, ¿qué método utilizar para seleccionar a los más idóneos: concertación, encuestas o primarias? La respuesta no es sencilla ni la decisión fácil, cada alternativa representa un reto en sí mismo; por ejemplo, ¿quiénes podrían alcanzar un consenso suficientemente respaldado por las partes involucradas?, ¿cómo evitar la duplicidad de "acuerdos"? Si se opta por las encuestas, ¿cuáles seleccionar?, ¿contratadas por quién?, ¿financiadas por quién?

Pareciera que, entonces, la mejor opción sería las elecciones primarias, que podrían ser organizadas por entes preparados para ello (Súmate, Ojo Electoral, partidos políticos, etc). Por supuesto, el CNE nunca sería una alternativa; aunque la indefinición de la nueva LOPE (Ley Orgánica de Procesos Electorales) podría atentar contra la autonomía de esta decisión. No está exenta de potenciales inconvenientes esta propuesta: además de la segura inhibición de vastos sectores de empleados públicos, el enfrentamiento en campaña de personajes opositores y lo complicado de implementar la consulta a nivel nacional pudieran hacerla poco llamativa; pero es en nuestro criterio la más equitativa, justa e incluyente de las posibilidades. En todo caso, y en lugar de imponer decisiones centralizadas, cada región debería estudiar las alternativas y decidir de forma consensual la más conveniente para cada una de ellas. Y por encima de todo, so pena de perder cualquier opción de triunfo opositor, el mandato obligatorio es una incuestionable transparencia en la selección de los candidatos.

TARJETA ÚNICA: Independientemente de la metodología utilizada para alcanzar la "unidad perfecta" que se busca, ésta podría colapsar si no se concreta la presentación de una Tarjeta Única para plasmarla. No es momento de egoísmos partidistas o grupales. Si la no presentación de sus colores representa la pérdida de la condición de partido político ante el CNE es un sacrificio menor en comparación con lo que nos estamos jugando, y seguramente será recompensado cuando retomemos la normalidad institucional. Sólo así podremos demostrar que la unidad es real y tendremos la autoridad moral para convocar a quienes nos ven con recelo. Sólo así demostraremos que tirios y troyanos tenemos un propósito común: la recuperación de nuestra democracia. Así, los disidentes no tendrán excusas a la hora de votar en contra de la maquinaria oficialista.

22 octubre 2009

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24 agosto 2009 1 24 /08 /agosto /2009 00:00

Los demócratas concebimos la lucha política como un enfrentamiento de ideologías y programas, defendidos principalmente por partidos políticos y líderes sociales; por su intermedio pueden y deben ser dilucidados, por la vía electoral, los no siempre confesables intereses propios de la brega política. El lógico resultado de este enfrentamiento es la victoria de quienes obtienen la mayoría comicial, pero con el debido respeto a los derechos de las minorías. Así debe ser. El juego democrático obliga al reconocimiento de los contendores circunstancialmente minoritarios ya que, a pesar de serlo, representan a un sector de la población que cuenta con los mismos derechos políticos de la mayoría; además, esta correlación de fuerzas puede, eventualmente, invertirse y gracias a la alternabilidad gubernamental, son éstos quienes posteriormente garantizarán los derechos de quienes antes ostentaron el poder. Así funcionan las democracias institucionales, así funcionan las democracias políticamente sanas.

Una verdad tan evidente es, en la Venezuela de hoy, una utopía; y lo es porque la mayoría de quienes detentan actualmente los poderes públicos NO son demócratas, son más bien infiltrados de la democracia. La mayoría de quienes hoy ejercen funciones de gobierno desdeñaron de los mecanismos democráticos y se manifestaron abiertamente anarquistas, abstencionistas e inclusive golpistas; hasta que se les presentó la oportunidad de utilizar la vía electoral para concretar lo que no pudieron hacer por las armas: el desmantelamiento de la Democracia. De esta manera, después de haber protagonizado sendos golpes de Estado, el actual presidente de la República se pudo dar el lujo de optar a la Primera Magistratura gracias a la oportunidad que le brindó el sistema que ahora intenta destruir; pretendiendo disfrazar su acometida con una supuesta revolución pseudo-democrática cada vez más radical y corrosiva. No obstante, este disfraz democrático es cada vez más pequeño y en poco tiempo, si aún quedan dudas, se evidenciará el verdadero cariz de este régimen de infiltrados: el TOTALITARISMO AUTOCRÁTICO.

A diferencia de los regímenes totalitarios, la democracia es comunicación, no propa-ganda. La democracia es pluralismo, es diversidad de criterios, no monólogo oficialista. La democracia obliga a la sana discusión de ideas, no a la imposición de directrices que la condicionan: nadie votó por un proyecto político diferente a ella; llámese socialismo, comunismo o “mar de la felicidad”. Siendo coprotagonistas de nuestro destino como país debemos velar porque nuestra democracia sea unidad en la divergencia, no división por criminalización. Si pensar diferente al régimen es desestabilizador –como pretende imponerse desde los órganos oficiales– entonces no tenemos democracia. El disentir del gobierno es un derecho de cualquier ciudadano, aunque sea una opinión minoritaria, aunque sea una sola voz. No hay derecho a criminalizar la opinión opositora, mucho menos alegando intereses de Estado.

Mientras este vicio se acentúa y somos distraidos por el régimen con su permanente desafío antidemocrático a la sociedad, la persecución política se ha institucionalizado de tal forma que hoy hay más exiliados políticos venezolanos que con la dictadura de Pérez Jiménez. La radicalización e intolerancia han llegado a límites tales que hoy pareciera natural el no poder manifestar divergencia alguna con la posición oficial, so pena de padecer las consecuencias. Y lo hemos aceptado. Fuimos tomados por sorpresa porque inocentemente pensamos que en nuestro sistema político nunca podrían infiltrarse los enemigos de la democracia, pero hoy están ahí. Y seguirán ahí mientras se lo permitamos, mientras prefiramos defender nuestras “parcelas de intereses” antes que nuestras ideas. ¿Qué interés puede ser superior al bienestar de nuestra patria?, ¿al futuro de nuestros hijos?, ¿a la defensa de nuestros ideales?...

Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre”, Platón.

La realidad está allí, depende de nosotros resignarnos o hacer algo al respecto. Eso sí, recordemos que, a diferencia de los infiltrados, nosotros somos demócratas; por ello, los canales de lucha no pueden ser diferentes a los democráticos.

24 de agosto de 2009

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30 julio 2009 4 30 /07 /julio /2009 00:00

Aún estamos a tiempo de recuperar la institucionalidad de nuestro País; aún que-dan visos de democracia en nuestro sistema y una reserva moral muy importante en nuestra población, –aunque condicionada y, en mucho, manipulada–. No obstante, el tiempo se agota; la consciencia de ello debe impulsarnos a actuar con responsabilidad oportuna y eficiente. De nada sirve actuar adecuadamente a destiempo, o de manera expedita pero errática. Hemos sido testigos de ambos comportamientos de manera sistemática.

     Cuando Chávez y sus cómplices perpetraron el afortunadamente fallido golpe de estado del 4F (1992), mucha gente, repito, mucha gente, consideró acertada o, por lo menos, justificable esta acción; a tal punto, que siete años más tarde Chávez llegaba a la Presidencia con un abrumador y mayoritario apoyo popular. Desde entonces, y debido a la evidencia de que las intenciones de los otrora alzados en armas eran casi ex-clusivamente hacerse del poder, hemos visto un numerosísimo desfile de ex-aliados –a quienes no mencionamos por no dignificar una conducta cómplice– que tardíamente reaccionaron desengañados ante el abuso gubernamental. Así hemos escuchado lamentables declaraciones de tutores, compañeros de armas, copartidarios, aliados militares y políticos, y “hermanos del alma” que han sido –y seguirán siendo– desechados al manifestar el más mínimo desacuerdo. La mayoría de estos “asociados” pudo haber hecho algo mientras tuvieron acceso a las decisiones importantes; después de ser execrados se convirtieron en “enemigos del proceso”, sumados al bloque de la oposición e imposibilitados de actuar como antes pudieron haber hecho. Muchos de ellos pretenden darnos clases de moral por su actuación cuando lo que les corresponde, en primer término, es reconocer que NUNCA debieron haber respaldado a este régimen. Qué desagradable es escuchar cobardes explicaciones de quienes no tuvieron “pantalones” para decirle al mandamás: ¡Estás equivocado!

     He allí el meollo del asunto: de poco nos sirve recapacitar cuando es demasiado tarde; y cada vez se hace más TARDE. No esperemos a que los reducidos visos democráticos desaparezcan de nuestro sistema para intentar infructuosamente corregir lo que no hicimos cuando aún era posible... y todavía es posible. Pero debemos hacerlo nosotros, todos y cada uno de los venezolanos; no esperemos milagrosos apoyos foráneos. Ya vimos como las instancias internacionales sirven para cualquier cosa, menos para auditar el comportamiento democrático de los gobiernos; vimos como el club de comadres de la OEA, así como la Comunidad Europea, la ONU y la mayoría de las naciones democráticas respaldan incondicionalmente a un derrocado presidente que había socavado el institucionalismo de su país, subordinándolo a un proyecto inter-nacional que condicionaba su soberanía. Reitero, sólo podemos lograrlo nosotros; actuando conscientemente, coherentemente y eficientemente en nuestro próximo encuentro con las urnas electorales. Ya hemos sido testigos de que los “atajos” sólo nos llevan a rumbos desconocidos, siempre utilizados por el presente régimen para justificar sus  tropelías; no nos dejemos embelesar por cantos de sirena que nos ofrecen salidas fáciles o rápidas. Eso no es posible en la Venezuela actual, y, por el contrario, consolida   –como sucedió en el 2002– el poder despótico del autócrata (persona que ejerce por sí sola la autoridad suprema de un Estado, DRAE).

     Este régimen ha avanzado en el control de la sociedad a niveles inimaginados hace diez años. Primero se valió de la consabida –y previamente utilizada– demagogia para ganar adeptos, posteriormente recurrió a la manipulación de los más necesitados y ahora se basa en el chantaje, la amenaza y, frecuentemente, la violencia –física, política y judicial– para controlar a los díscolos; sean del gremio que sean.

     Si consideramos que la ruta que llevamos como sociedad no es la más adecuada. Si creemos que diez años de experimentación –dos períodos presidenciales según la Constitución del 61– son suficientes para demostrar la eficiencia (o ineficiencia) de un régimen; sin esperar a vivir cincuenta años de “revolución” para descubrir que fue un espejismo, donde la única garantía es la de que el hermano (?) del presidente lo suceda para consolidar el "proyecto" de los dueños del país. Si mantenemos el espíritu rebelde que nos llevó a deshacernos de la politiquería demagógica, irrespetuosa y corrupta de quienes rigieron el país los últimos años de alternancia democrática (nunca tan demagógica, tan irrespetuosa ni tan corrupta como en la actualidad). Si deseamos que nuestros hijos vivan en una sociedad de trabajo, respeto y concordia; ajena a la permanente y avasallante presencia del factor político en todas y cada una de nuestras actuaciones. Si, en resumen, mantenemos la creencia de que es posible mejorar nuestra condición de vida, sólo con el hecho de poder decidir nuestro destino; este es el momento...

     Es ahora cuando debemos manifestar nuestra inconformidad, es ahora cuando debemos levantar nuestra voz de protesta, es ahora cuando debemos participar activamente para intentar influir en la toma de decisiones a todos los niveles. Cada grano de arena es importante y necesario para levantar la muralla de contención que limite los abusos de poder, que evite el derrumbamiento de lo que queda de institucionalidad democrática.

     Si no actuamos hoy, mañana estaremos lamentándonos por no haberlo hecho. Seamos privilegiados protagonistas de nuestro destino al “hacer la historia, para que otros la escriban en un mundo mejor”, como pidiera Alí; o como sentenciara Alberto Arvelo: "duele lo que se perdió cuando no se ha defendido". No esperemos a berrear la pérdida de nuestra Democracia si no supimos defenderla cuando aún era posible. Según mi criterio, ese “aún” se extiende hasta el 2012, pero comenzando hoy; después será DEMASIADO TARDE.

30 de julio de 2009

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29 enero 2009 4 29 /01 /enero /2009 00:00

Debido a la justificada ola de inconfor-mismo que venía cuajando en Venezuela desde hacía más de una década, en 1998 Hugo Chávez fue electo presidente de la República. Este inconformismo había sido motivado por la enorme fractura entre la anquilosada dirigencia política y una so-ciedad que exigía la corrección de rumbo. Chávez, producto del “cualquier cosa es mejor” irresponsablemente manifestado por la hastiada mayoría, se convirtió en el beneficiario del cheque en blanco de su respaldo incondicional. Venezuela enfren-taba, entonces, una errada dicotomía conceptual: institucionalismo o bienestar.

            Con la aprobación de una Constitución que temporalmente satisfacía sus apetencias, el sometimiento de las instituciones gubernamentales y el inesperado incremento de los precios  del petróleo, amén del respaldo popular a su carismática imagen, Chávez logró aglomerar el mayor cúmulo de poder que mandatario alguno haya detentado en la Venezuela pos-gomecista. Con este poder, con la capacidad de maniobra que representaba el amplio respaldo popular, con la manifiesta intención de “refundar” la República y, especialmente, con la desmesurada ambición de poder evidenciada por el caudillo, el riesgo de instauración de un sistema político totalitario era mucho más que probable. El matiz necesario estaba representado en la revolución que nos encaminaría al “socialismo del siglo XXI”.

Ahora bien, ¿cuál ha sido el resultado de estos diez años de “revolución”?, ¿cuáles los avances en las anheladas reivindicaciones?, ¿cuál el producto de la mayor bonanza económica de nuestra historia?; ¿cuál el futuro que nos espera?, veamos:

Desde la fratricida Guerra Federal Venezuela nunca había vivido el ambiente de encono e irreconciliación que nos divide actualmente. Esta lamentable y potencialmente explosiva situación es, sin dudas, directa consecuencia del discurso de odio y resentimiento emanado desde Miraflores. La corrupción, consecuencia directa de la cómplice impunidad, nunca tuvo tantos y tan notorios exponentes. El denostado Pacto de Punto Fijo garantizaba un sano contrapeso institucional. Hoy, el Ejecutivo tiene como único mecanismo de supervisión a la Oposición, representada en los menoscabados partidos políticos, la prensa independiente y las instituciones no gubernamentales. En 50 años nunca habíamos sido testigos de tan abyecta sumisión de los poderes ante el Ejecutivo. Nunca antes nuestra riqueza, mucha o poca, había sido dilapidada tan irresponsablemente.

Debemos, por ende, agradecer al Teniente Coronel. Con su nefasta gestión nos ha convencido de lo pernicioso que resulta el experimentar con anárquicas e inmorales teorías seudo revolucionarias; con proyectos políticos que esconden la sempiterna búsqueda del poder totalitario con el que sueñan los déspotas y que han logrado numerosos tiranos a través de la historia. Debemos agradecerle porque el riesgo de consolidación del régimen personalista instaurado hace más de diez años en nuestro país está prácticamente descartado. Está descartado en la medida en que las reglas democráticas sean respetadas, pero sabemos que no necesariamente será así. Nos corresponde continuar dando la ejemplar batalla cívica emprendida en 2002; pero sin desviarnos de los canales institucionales. He allí nuestra fortaleza. En la otra acera, está Chávez, quien ha implementado una estrategia comunicacional indiscutiblemente exitosa que le ha permitido evadir las responsabilidades de gobierno, repartiendo culpas entre la oposición y el “imperio”; y justificando la radicalización de su gobierno con las supuestas conspiraciones de éstos. Ahora, y con la misma estrategia, está en búsqueda de la consolidación de su proyecto continuista, el cual debemos enfrentar en todas y cada una de las elecciones que se presentarán a partir de 2010. No obstante, independientemente del resultado de cada una de ellas, la última palabra será dicha en 2012.

29 de enero de 2009

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17 noviembre 2008 1 17 /11 /noviembre /2008 00:00

El ser humano, a través de la historia, se ha desarrollado en sociedades cada vez más organizadas y reguladas. La organización primaria siempre ha sido la familia; luego la comunidad, nuestro entorno más inmediato, y después el país; para finalmente ser parte integrante de la humanidad, del mundo. La relación que todo humano mantiene con su país es recíproca; en un sentido está la nacionalidad, con las garantías y derechos que ello representa, y en otro está la identidad y sentido de pertenencia, con los deberes y obligaciones que nos conminan a anteponer el interés nacional a cualquier pretensión foránea.

El venezolano es, sin arrebatos, profundamente nacionalista; pero con una consciencia latinoamericana que data de la época independentista. Con Bolívar al frente, recorrimos medio continente y perdimos más de la mitad de la población productiva con la bandera de la libertad, no de la conquista. Había, sin embargo y más allá de un ideal, una razón pragmática: la independencia hispanoamericana garantizaba la nuestra. Venezuela siempre ha sabido liderar la defensa del panamericanismo ¡y de la democracia!, en el convencimiento de que sólo así podemos consolidar la nuestra y prosperar como nación. Nuestra política exterior hasta hace pocos años se había caracterizado por la celosa defensa del no intervencionismo y por nuestra independencia geopolítica, la cual nos llevó a mantenernos neutrales en las dos Guerras Mundiales, a pesar de las presiones ejercidas por las potencias enfrentadas. No obstante, fuimos consecuentes en el respaldo a la instauración de organizaciones supra-nacionales que redundaran en nuestro beneficio; así, en 1948 suscribimos la creación de la OEA; en 1969 propiciamos la creación de la CAN (Pacto Andino) que garantizaba un mercado cautivo para nuestros productos. Igualmente, en 1960 y por iniciativa del ministro de Minas e Hidrocarburos venezolano, Juan Pablo Pérez Alfonzo, se había creado la OPEP, que se convertiría en el ente defensor de nuestro principal producto de exportación.

En lo político, luego de la instauración de nuestra democracia, hemos sido consecuentes en la defensa de los derechos humanos y garantías democráticas. La conocida “Doctrina Betancourt” (1959) pregonó el aislamiento y sanción política de los regímenes dictatoriales que agobiaban a unos cuantos países del área; y que propició posteriormente la expulsión de Cuba del seno de la OEA debido a su apoyo a la insurrección armada comunista latinoamericana, que en Venezuela se materializó con la invasión cubana a Machurucuto (1967) que costó la vida de no pocos venezolanos. Es reconocido el apoyo venezolano en el fortalecimiento a las democracias española y portuguesa a mediados de los 70s; así como en la defensa de las democracias centroamericanas azotadas por movimientos guerrilleros castro-comunistas a lo largo de los 80s. Con motivo de este apoyo, y debido a la supuesta malversación de 17 millones de dólares de la Partida Secreta enviados a Nicaragua, fue enjuiciado y destituido el presidente Carlos Andrés Pérez. Era otra Venezuela, eran otras instituciones. El respaldo que dio Venezuela a Argentina en ocasión de la Guerra de Las Malvinas (1982), invocando el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, fue más allá del ámbito diplomático pero sin protagonismo ni condicionamientos políticos.

Hoy, la historia es otra. No hay dudas de que la imagen “redentora” de Chávez ha generado un interés inusitado que le ha permitido proyectar una voz que se escucha más y con más atención, inclusive, más allá de nuestro continente; lo preocupante es lo que manifiesta esa voz. La solidaridad automática con movimientos de tendencias radicales de izquierda o fundamentalistas, muchas veces proscritos por las instancias internacionales, o con naciones cuyos regímenes son señalados por la violación de los Derechos Humanos de sus ciudadanos o que utilizan la entidad presidencial como patente de corso, nos colocan como un país cómplice de delitos de lesa humanidad; con una diplomacia epiléptica y desprofesionalizada que expulsa embajadores o rompe relaciones con una irresponsabilidad rayana en ridiculez. Adicionalmente, y en búsqueda del establecimiento de un liderazgo internacional acorde a la exacerbada megalomanía de nuestro presidente, nos hemos convertido en la fuente de financiamiento y soporte de unos cuantos países que se han aprovechado de nuestra estentórea “bonanza”; en detrimento de nuestra propia estabilidad económica.

A diferencia del Acuerdo de San José (1980), por ejemplo, por medio del cual México y Venezuela suministraron petróleo en condiciones preferenciales a países centroamericanos y del Caribe, pero cuyas facturas eran religiosamente canceladas a riesgo de la suspensión del beneficio; hoy, al establecer “intercambios” o facilidades el condicionamiento es estrictamente político. A manera propagandística subsidiamos sectores específicos de ciudades tales como Nueva York o Londres (esta última declinó la ayuda por considerarla inmoral); sin embargo, no se invierte en el desarrollo o mantenimiento de PDVSA. Los incuantificables acuerdos económicos firmados con los países del Alba y Petrocaribe parecen más donaciones que intercambio. Hemos financiado la construcción de viviendas, carreteras y plantas industriales, así como la dotación de equipos y maquinarias, pero fuera de nuestras fronteras. Las 345.000 casas construidas en diez años en nuestro país representan el más bajo promedio anual de la era democrática (si el actual régimen puede seguir siendo catalogado como tal); las carreteras, avenidas y calles jamás estuvieron en peores condiciones y nuestras industrias se encuentran en condición crítica… todo esto en medio de la mayor bonanza petrolera disfrutada por Venezuela en toda su historia.

El buen padre de familia antepone el bienestar de los suyos al de los vecinos. La solidaridad internacional no es mala, ¡la irresponsable dilapidación de los recursos de nuestro necesitado país, sí!

17 de noviembre de 2008
 

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8 noviembre 2008 6 08 /11 /noviembre /2008 00:00

Aunque es mi opinión que ser consecuentes con un ideal es más encomiable y digno que seguir las huellas o directrices de un líder, entendemos que por su carisma, ímpetu y/o determinación algunas personas se convierten en impulsores de ideas, en voceros de la conciencia colectiva, en ejecutores de proyectos… en las cabezas visibles y reconocidas que motorizan cambios, para bien o para mal.

Hace diez años Venezuela se encontraba en una encrucijada, a pesar de que no todos estábamos conscientes de ello; 1998 representó para nuestra democracia uno de sus mayores retos: debíamos escoger entre ser consecuentes con nuestro ideal democrático, consolidado en la ejemplar transición multipartidista de los últimos ocho períodos presidenciales, o acoger las ideas revolucionarias de un líder militar que había fracasado en el intento de tomar el poder por la fuerza. La decisión no era sencilla ni fácil, ¿por qué? veamos.

           En los cuarenta años transcurridos desde 1958, Venezuela había percibido ingresos por algo más de trescientos millardos de dólares, y, adicionalmente, había acumulado deudas, externas e internas, por otros ochenta. Esto quiere decir que los venezolanos dispusimos en esos cuarenta años de cerca de 400.000 millones de dólares para cubrir el presupuesto ordinario, que debe satisfacer las necesidades básicas de la población, y atender el proyecto de desarrollo contemplado en los diferentes Planes de la Nación.

Hubo en ese período incuestionables mejoras en educación y salud, y una comedida pero constante inversión en infraestructura, tanto agrícola como industrial. Podemos rememorar el sistema educativo de los años 60s, 70s y 80s: los planteles, en líneas generales, contaban con la infraestructura básica para el estudio; disponían de laboratorios, comedores, bibliotecas y equipos adecuados, aunque no siempre suficientes. En esos años, generalmente, los hospitales estaban bien dotados, con limitaciones, pero en condiciones funcionales; recuerdo haber escuchado a no pocos extranjeros venidos a estas tierras alabar a nuestro Seguro Social que “hasta las medicinas entregaba”. En lo relativo a infraestructura, luego de la nacionalización del hierro (1975) y el petróleo (1976), y aunque con una planificación precipitada, se acometió el “desarrollo del sur” con la creación de las Empresas Básicas que le permitirían a Venezuela independizarse de las constantes fluctuaciones del valor del petróleo por medio de la industrialización del país. Además de Sidor, Venalum y Bauxiven, se construyeron grandes obras, como las represas del Guri y Uribante-Caparo; las refinerías de Amuay, Cardón y El Palito; el Complejo de Jose; los puentes Angostura y de Maracaibo; las autopistas Regional del Centro, de Oriente, de Los Llanos y Centro-Occidental; el Metro de Caracas, el Complejo Parque Central y las grandes avenidas en diferentes ciudades; además de la gran cantidad de sedes institucionales de entes gubernamentales, educativos y culturales.

Sin embargo, en ese mismo período se acrecentó la brecha que separaba ricos de pobres. Debido al crecimiento económico alcanzado con la incipiente industrialización; y, especialmente, a la creciente corrupción, se fue generando un cinturón de miseria alrededor de las ciudades que reflejaba la descomposición social y que ameritaba la atención de las autoridades gubernamentales; pero que fue desatendida: Juan Bimba estaba arrecho. Esta condición se agravó en la medida en que la ineficiencia y la dilapidación de fondos, aunados a la baja del precio del petróleo ($ 8 por barril en 1997) conllevaron a la crisis económica de los años 90s, y a la consecuente reducción de los subsidios y ayudas sociales que mantenían diferentes instituciones. Las demagógicas prácticas electoreras de los grandes partidos ya no eran suficientes y el pueblo llano, trastocando su ideal en aras de su presente, optó por un cambio radical. ¿Actitud cuestionable?, quizás; ¿entendible?, ¡por supuesto! En ese momento, y a pesar de los antecedentes del personaje, ser chavista era normal; tanto así, que la gran mayoría de los adecos, copeyanos e “indiferentes” de a pie dieron su voto a quien consideraban su única esperanza de redención. Hubo quienes no lo hicimos, pero más del 56% de los venezolanos entregó su voto a Chávez en búsqueda de un cambio en el estilo de gobierno, en elecciones que para entonces eran incuestionables; al punto de que la decisión emitida por la insospechablemente autónoma autoridad electoral obligaba la entrega del poder a quien no había contado con testigos en casi ningún centro de votación. Era otra Venezuela, eran otras instituciones.

Hoy, estamos en otra encrucijada: debemos optar entre una  Venezuela  multipartidista y plural, que incluye las diferentes visiones de país que tenemos todos los venezolanos, y la visión maniquea de irreconciliables “patriotas” y “pitiyanquis” impuesta desde el estamento oficial. Debemos evaluar la gestión de un gobierno que en diez años ha dispuesto de los más cuantiosos ingresos de gestión alguna: más de 900.000 millones de dólares en ingresos y 100.000 millones adicionales de deuda acumulada. Debemos analizar si ese billón de dólares manejados por la actual administración (más del doble que en los cuarenta años precedentes) han incidido en una mejor calidad de vida del venezolano promedio, y nos han permitido alcanzar las reivindicaciones en búsqueda de las cuales en algún momento la mayoría electora venezolana fue chavista; o si, por el contrario, nos encontramos en un país sumido en su mayor crisis política, económica, social y moral desde la instauración de la democracia… Así como ayer fuimos adecos, copeyanos, masistas, comunistas o del chiripero; ser chavista no es malo, ¡ser masoquista sí!

8 de noviembre de 2008

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